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La brújula

enero 21, 2009

Esta mañana debo escribir con mucha urgencia una carta “importante”, de la que depende el éxito de cierto negocio, pero yo escribo en su lugar una carta de amor, que no envío. Abandono gozosamente tareas monótonas, escrúpulos razonables, conductas reactivas, impuestas por el mundo, en provecho de una tarea inútil, surgida de un Deber resplandeciente: el Deber amoroso. Hago discretamente cosas locas; soy el único testigo de mi locura. Lo que el amor desnuda en mí es la energía. Todo lo que hago tiene un sentido (puedo pues vivir sin quejarme), pero ese sentido es una finalidad inasequible: no es más que el sentido de mi fuerza.

En mi opinión, estas palabras de Roland Barthes hacen referencia a un momento en el que se recurre, quizás ingenuamente, a observar la brújula a través del lenguaje; porque el andar es libremente orientado, sólo tiene sentido, si la energía que anima el movimiento procede del amor.

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