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El sueño, la isla, el beso…

marzo 6, 2009

Hoy tuve un sueño. Vivía feliz en una isla del pacífico hasta que los japoneses decidieron invadirla. Tal vez estuviera en 1945, no lo se. Lo que percibí de manera extraordinariamente vívida fue que si no aprovechaba el plan de evacuación del Gobierno, que si no me iba con los demás, probablemente moriría. Por supuesto, en el sueño decido quedarme y lo hago por amor. Trato de convencer a la mujer en cuestión de que lo mejor para todos consiste en abandonar la isla. Dedico todos mis esfuerzos para hacerle comprender de que quedarse en ella constituye un suicidio. Sin embargo, mis razones resultan inútiles. Lo curioso es que ya antes de empezar a hablar tenía la sensación de que sería incapaz de convencerla y que, en el fondo, a pesar de lo dramático de la situación, no me importaba. Sentía que lo que tenía que decir no era importante, a pesar de que me iba la vida en ello. Tampoco me importaba no comprender sus motivos para quedarse. Lo cierto es que, de alguna manera, su estrella estaba unida a la isla y la mía a la suya, y todo lo demás era secundario. Lo único verdaderamente importante era mi decisión de permanecer a su lado, de serle leal a pesar de todo, incluso a pesar de la razón. Finalmente, en aquella isla nos quedamos solos, abrazados. Recuerdo que sequé sus lágrimas con una de mis mejillas al tiempo que bromeaba con el destino. Yo bromeaba, pero sólo ella pudo iluminar mi rostro con su sonrisa. Pronto llegarían los aviones, las bombas, el ruido que no escucharíamos… La moraleja de esta historia es que el ser humano, el animal racional por excelencia, el mismo que presume de neocórtex a lo largo y ancho del planeta, es capaz de hacer sacrificios por amor que no tienen parangón en la naturaleza. Se halla a su alcance un altruismo puro que se ríe de la aptitud inclusiva y de otras expresiones no tan horribles. Paradójicamente, aquello que resulta más específicamente humano no siempre reside en nuestras capacidades intelectuales, sino en decisiones a veces irracionales motivadas por el amor. Debo decir, sin embargo, que el sueño tuvo un final feliz, pues ambos teníamos un plan de fuga. Nuestro plan consistió en huir del tiempo a través de un beso. Nada pudo separar nuestro abrazo.

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5 comentarios
  1. argghh, por dios la inyección de insulina que me da que me…

  2. Bueno ya estoy recuperado. Era broma, pero no me negarás que es un poquito dulzón ¿no?

  3. luciernagas permalink

    ¡Claro que es dulce! Sin embargo, se que sabes bien que lo que resulta patológico en nuestra sociedad no es tanto el exceso de dulce como el umbral tan bajo al que hemos decidido habituarnos. ¿Qué mayor signo de patología social que precisar un remedio para el amor? Por supuesto, lo dulce puede estar vacío, estamos de acuerdo, pero el amor, siendo nutritivo, no puede dejar de ser dulce. Curiosamente, sólo lo dulce alimenta nuestro cerebro, de manera que un cuerpo sin amor es un cuerpo descabezado. Confrontar el intelecto con el amor es como tratar de dividir el agua con una rama. Por supuesto, evitemos los edulcorantes artificiales bajos en calorías y las golosinas rosadas con forma de corazón que se apresuran a instalarse en el adiposo subcutáneo. No nos dejemos seducir por las sebosas formas engordadas con cursi sentimentalismo, ni siquiera las que puedan destilarse de estas o aquellas líneas, pero no rechacemos lo dulce sólo porque lo es o dejaremos de percibir la única energía que de verdad anima nuestro bum-bum cotidiano.

  4. No seré yo el que tire la piedra en contra del amor…
    Sin embargo el exceso de dulzor puede provocar una intolerancia a la glucosa lo cual, unido a una resistencia a su captación por parte de la insulina, puede acarrear la aparición del síndrome metabólico con sus nefastas consecuencias, sobretodo, en el aparato circulatorio y por ende en el corazón, así que el bub-bum diario puede convertirse en un piiiiiiiiiii eterno.

  5. luciernagas permalink

    Oh! Destino que a la vuelta esperas, fortuna o faena qué me importa, expirar de amor merecerá la pena. Y el dulce de sus labios me reanimará de veras para veros consumir la escena.

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