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Sexo y género

marzo 18, 2009

Hoy en día las posibilidades de comunicación de ideas son extraordinarias. Hay disponibles jugosas patrañas, paparruchas, chorradas, y toda suerte de comida basura para el cerebro bien formado y así mal informado. Recientemente, tuve noticia de un estudio “científico” que concluye que los hijos de hombres mayores tienen por término medio un coeficiente intelectual más bajo, no así en el caso de mujeres mayores, donde la tendencia es incluso la opuesta. No intentaré poner de manifiesto las debilidades de este tipo de estudios, lo cual se me antoja una tarea demasiado fácil. La noticia me llegó de la mano de una compañera de trabajo que aparentemente pretendía justificar la conveniencia de subvertir el tópico de hombre mayor emparejado con mujer joven. Parecía una actitud adoptada desde el feminismo contemporáneo en cuanto presuponía que el género, entendido como un patrón de conducta, es una imposición de tipo social, un asunto puramente cultural y por tanto flexible e independiente de la biología, de la condición sexual del individuo. Esta presunción se debía a que el emparejamiento hombre mayor-mujer joven constituye una de las tesis más conocidas de esa psicología evolutiva popular, hoy tan en boga, la cual asume la existencia de un estrecho vínculo entre sexo y género. Así, sobre la base de una inversión de recursos biológicos en la prole profundamente asimétrica entre el hombre y la mujer, y por tanto un menor compromiso del primero, se dice que el hombre es promiscuo por naturaleza, mientras que la mujer es esencialmente fiel. Que el hombre busca vírgenes con silueta de ánfora, mientras que la mujer beberá los vientos por un varón poderoso que garantice el cuidado de su progenie. La mujer óptima desde el punto de vista biológico sería aquella que está emparejada con uno de estos hombres, generalmente mayores, pero que tiene sus hijos con un joven genéticamente superior (sobre esta base se ha estimado que un 15% de los niños no tienen el padre biológico que creen tener). Debería estar claro que la evidencia empírica que sustenta este tipo de afirmaciones es muy endeble y que detrás de ellas podría haber la intención de justificar objetivamente el estado actual de las cosas, tan conveniente al sexo masculino. Por supuesto, uno puede albergar el prejuicio opuesto de que el género no está biológicamente determinado, como parecía ocurrir con mi colega, pero al defenderlo con estudios como aquel se incurre, en mi opinión, en una flagrante contradicción puesto que tales estudios asumen un papel preponderante de los genes a la hora de explicar rasgos tan complejos como la inteligencia o el comportamiento social. Pienso que la verdad al respecto constituye, una vez más, una cuestión de grado. Aunque opino que el margen de maniobra que proporciona la cultura es muy amplio, es evidente que el género se encuentra influenciado por el sexo. En mi opinión, el feminismo se equivoca al identificar la emancipación de la mujer con la asunción del género masculino, es decir, la imitación de patrones de conducta supuestamente masculinos. Verbigracia, calificar de valientes liberadas en sociedad a las féminas provisionalmente ligadas a jovenzuelos mientras llevan sus negocios con lucida agresividad. El verdadero desafío para el feminismo consiste, pienso yo, en definir y afirmar sin prejuicios la propia feminidad, en la que sin duda juega un papel básico la maternidad, y entonces redefinir el género a partir de ese viaje interior.

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From → 06. Seísmos

5 comentarios
  1. Hoy has tocado un tema interesante que me llega, qué le vamos a hacer.
    Me considero feminista y además, he hecho de mis estudios de género, mi profesión. Supongo que sabrás que conviven muchas corrientes en el feminismo contemporáneo. Y también puedo decirte que entre muchas de aquellas que nos consideramos feministas y que entendemos necesaria una revolución social desde la base, que dinamite los absurdos estereotipos y patrones asignados a cada uno de los sexos, no hay una intención de asemejarse a los hombres asumiendo sus roles.

    Porque partimos de la idea de que, por naturaleza, no hay valores ni comportamientos intrínsecamente masculinos ni femeninos por tanto cada persona puede asumir y comportarse como le venga en gana sin temor a ser más “mujer” o más “hombre”. liberarnos de ese prejuicio ya ayudaría bastante. Dicho lo cual, entiendo a muchas mujeres que en entornos fuertemente masculinizados han tendido a imitar sus patrones de comportamiento por una cuestión de pura supervivencia. Aunque no comparto su conducta, no creo que sea lo mejor para todas nosotras.

  2. luciernagas permalink

    Gracias por compartir tu opinión. Estoy de acuerdo contigo salvo en un matiz que creo importante. Esta misma mañana escuchaba en la radio las conclusiones de un “estudio” según el cual, por término medio, las mujeres hablan más y más rápido que los hombres. Al parecer usáis unas veinte mil palabras, mientras que nosotros no pasamos de las trece mil. Además, decía la locutora, los hombres pensamos en sexo una vez cada cincuenta y dos segundos, mientras que vosotras lo hacéis una vez al día. Este tipo de cosas casi siempre me parecen tonterías y la mayoría de las veces observo que adolecen de falta de rigor. En ocasiones, no son más que titulares periodísticos que pervierten los estudios que pretenden difundir. Además, se presentan como si fuesen imnutables. Es sabido que existen diferencias entre sexos en la arquitectura cerebral, pero determinar cómo estas diferencias afectan a nuestras habilidades cognitivas, si es que lo hacen, es algo controvertido. Sin embargo, creo que el comportamiento está condicionado por el sexo. Pienso que hombres y mujeres son diferentes no sólo en lo anatómico, sino que existen diferencias de comportamiento cuya causa es tanto genética como ambiental. Estoy de acuerdo contigo en reconocer a la cultura un papel primordial, aunque admito que esto es en sí mismo un prejuicio, e intuyo que nuestro margen de libertad a la hora de comportarnos en sociedad independientemente de nuestra condición sexual es muy amplio. Pero celebro la diferencia, pues contribuye a hacer de la mujer un ser fascinante para el hombre, y supongo que esto es recíproco. Por supuesto, la diferencia no debiera servir en ningún caso para justificar la preponderancia social de un sexo sobre otro, ni debería desanimarnos en la brega por cambiar todo aquello que consideremos injusto.

  3. luciernagas permalink

    Por otro lado, la asunción del género masculino por parte de las mujeres no se limita a “entornos fuertemente masculinizados”, sino que, en mi opinión, tiene lugar de forma sutil en ámbitos muy distintos. Por ejemplo, observo que muchas chicas creen que actuar de manera independiente es hacerlo de forma aparentemente agresiva. En Estados Unidos, al menos en el oeste, pude ver esto con mucha claridad porque los roles masculinos están muy definidos hasta el punto de resultar caricaturescos. Recuerdo haber visto en un pub de Oregon un cartel en la pared que rezaba “a real man calls taxi” recordándonos a los hombres que no resultaba afeminado tratar de evitar el conducir bajo los efectos del alcohol. Paradójicamente, las mujeres imitan comportamientos masculinos como una manifestación de independencia y esto ya ocurre en la calle. Tampoco me parece casual que en los últimos tiempos muchas mujeres identifiquen como bellas a otras cuyos cuerpos son demasiado delgados, casi sin formas, de aspecto andrógino, cuando es evidente que los hombres nos sentimos atraídos por cuerpos más femeninos. Pienso que los ejemplos de convergencia son muchos, la clave está en nuestra mirada.

  4. MarianM permalink

    Hola:

    […]El verdadero desafío para el feminismo consiste, pienso yo, en definir y afirmar sin prejuicios la propia feminidad, en la que sin duda juega un papel básico la maternidad, y entonces redefinir el género a partir de ese viaje interior.[…]Totalmente de acuerdo. Opino que si existen comportamientos femeninos y masculinos dentro de nuestra naturaleza mamífera, el que estos se vean eclipsados depende mucho de la cultura y la historia de cada una, el problema es que algunos ven esta distorsión como algo normal.

  5. luciernagas permalink

    Tu comentario me recuerda a un libro que hojeé recientemente, publicado por un etólogo español, donde se decía, si no recuerdo mal, que la única manera científica de aproximarse al estudio del comportamiento humano es hacerlo desde una perspectiva evolutiva, lo que implica considerar a la especie humana como un animal más, como el mamífero que es. En contra de la opinión de los filósofos, argumentaba el científico, la especie humana no se ha liberado de sus instintos gracias a la cultura, sino que ésta únicamente le ha permitido rebelarse frente a ellos. En mi opinión, la especie humana no tiene parangón en la naturaleza debido a su extraordinario desarrollo cultural, que le ha permitido algo más que rebelarse frente a sus instintos en un esfuerzo inútil de liberación, como un Quijote atacando molinos de viento, sino que, en cierta medida, ha tenido éxito. En otras palabras, si existe una naturaleza humana esta no reside en su material hereditario, como, dicho sea de paso, también piensan filósofos como Jesús Mosterín, sino que residiría en su cultura, lo cual nos hace un animal único. Y digo esto como biólogo evolucionista consciente de que a menudo se entiende un instinto como un comportamiento innato, de que lo innato no siempre es genético, es más, de que probablemente nunca es algo puramente genético, y de que afirmar que algo es innato no significa admitir que es inmutable. Contraponer rebelión frente a liberación sugiere un combate perdido de antemano, pero esto no es cierto. Sin embargo, quiero resaltar que cuando afirmo que nuestra naturaleza reside en nuestra cultura no estoy queriendo decir que podemos emanciparnos completamente de nuestra biología, que el género no está influenciado por el sexo, por ejemplo, ¡claro que lo está!, lo que quiero decir es que somos capaces de establecer una síntesis que nos caracteriza como especie, pues de ella emergen fenómenos singulares, tales como la experiencia de la libertad, del amor, de la inquietud intelectual… etc., que no son reducibles a nuestra biología. Digamos que el espíritu se erige sobre la materia, pero no se reduce a ella. La materia no se basta para explicar el espíritu al igual que el estudio de cada uno de los individuos de una población no nos dirá nada respecto a la tasa de natalidad de la misma. En relación con hombres y mujeres, opino que ambos deben realizar su síntesis particular sin prejuicios, con la confianza puesta en que las diferencias supondrán una oportunidad para el amor.

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