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Visiones, dudas, y algo más

agosto 20, 2009

De exquisita factura, “El curioso caso de Benjamin Button” nace de una gran idea, aunque desaprovechada. “Mi nombre es Harvey Milk” muestra con notable realismo un curioso ejemplo en el que se mezclan conservadurismo y homosexualidad. Transmite credibilidad y mantiene el interés incluso anticipando mucho desde el principio. Ahora pienso en “El crepúsculo de los dioses”, una de mis películas preferidas. Constituye el mejor ejemplo que se me ocurre de cómo se puede realizar una obra maestra empezando por contar el final. “My blueberry nights” es tan romántica como deliciosa, es más obvia que otros títulos de su director, pero sigue haciendo gala de su peculiar y sensible mirada. “Déjame entrar” no es tanto una película de terror como una inquietante historia de amistad, que revela con atractivo ese gélido dibujar la realidad en el que son consumados artistas los autores escandinavos, ahora tan en boga. Otro ejemplo de sobriedad nórdica, sin embargo traicionada conforme avanza la historia, constituye “Flame y Citron”. Si bien es la cenicienta de esta desordenada y variopinta reseña, tiene más momentos interesantes que decepcionantes. De interés es también “La duda”, en la que me explayaré a continuación porque toca en mí una fibra sensible, lo cual es de agradecer. Resulta, sin embargo, desagradable, pues la interpreto como un elogio del dogmatismo sirviendo de guía fiable en el mar de dudas en el que bracea la condición humana, lo cual se me antoja peligroso. Meryl Streep, en una interpretación notable, representaba para mí la fuerza de la fe, de una irracional defensa de la propia intuición, para la búsqueda de la verdad en un mundo sin certidumbres evidentes. No obstante, utilizando las palabras de Nietzsche, conviene no olvidar que “una creencia fuerte sólo demuestra su fuerza, no la verdad de lo que se cree con ella”. Sin duda (irónica sonrisa), una actitud escéptica supone un ejercicio de humildad y de fertilidad en la medida en que se valore la razón como medio para aproximarse a una verdad siempre escurridiza, siempre invitando a la resolución de nuevos interrogantes. Entonces la tolerancia y el aprecio a la diversidad devienen más facilmente, pero sin tener que renunciar a la verdad, en cuyo descubrimiento confiamos a través del respeto por determinados valores epistémicos, tales como la sencillez, la coherencia o la confluencia de evidencias independientes. Con frecuencia me repelen las tesis posmodernistas, y su renuncia a la verdad en una celebración relativista, donde todo vale, me parece una muestra de cinismo.

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