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Vacaciones permanentes

noviembre 16, 2009

Un jazzman camina por la vida titubeante, como los dedos inquietos obstruyen agujeros por los que circula el aire a través del metal, sin detenerse en ninguno demasiado tiempo, eso sería ahogarse. Allie es un turista de la existencia, un viajero condenado. Nos habla de las personas que pasan por su vida como habitaciones en las que pasa la vida. Al principio se acerca con curiosidad y cruza ese umbral de incertidumbre que hay detrás de cada sonrisa, pero una vez explorada siente la necesidad de salir a respirar, de ponerse en camino de nuevo. Una vez que observa el mismo frigorífico una y otra vez, desde una vieja silla mira al techo con la pintura agrietada y luego al cielo a través de sucias ventanas, con melancolía. Entonces le aqueja la angustia y sabe que ha llegado el momento de partir. Nada le seduce, nada más que el propio viaje le sabe. Condenado a viajar, así es como se descubre en vacaciones permanentes. Como la ninfómana esclavizada por la insatisfacción, busca la libertad en sus grilletes. Pero las personas parecen habitaciones de escaso mobiliario para quien siente que tiene poco que ofrecer. Y esta patología de nuestro tiempo tiene su origen en la ausencia de estar con uno mismo, pues nunca el hombre estuvo tan solo por estar permanentemente acompañado. Mientras no dedique tiempo a estar consigo mismo no descubrirá su infinitud de estancias, algunas de las cuales comprobará que no puede abrir si no es con la ayuda de otros. Únicamente el hombre sólo, que ha dedicado tiempo a sus flores, está en disposición de establecer una relación plena con el mundo. Al menos existen dos formas de huir de uno mismo. Por un lado, sin duda la más común, creyéndose por debajo de los demás, incapaz de sondear el propio calado, llena la breve habitación de cosas y la decora a la moda para luego mostrar a otros y gozar con su aceptación. En definitiva, se prostituye. Por otro, creyéndose por encima de los demás, proyecta su renuncia en un gesto de vanidad. Incapaz de vivir una relación esencial, se convierte entonces en un turista permanente a la búsqueda de su Babilonia, tal vez Paris.

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