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Inventar lo artífico

febrero 27, 2010

La ciencia no agota la posibilidad de conocimiento. La realidad puede ser investigada a través del arte. El conocimiento científico descansa sobre presupuestos metafísicos, cuya exploración no es posible mediante la ciencia. Así, la ciencia presupone que existe un mundo objetivo racionalmente inteligible, pero si, con el fin de determinar su veracidad, uno pusiese en suspenso esta asunción, la ciencia no sería posible. Digamos que el conocimiento científico se sostiene sobre cimientos que no discute, así debe ser. El arte como forma de conocimiento tiene también sus limitaciones, por supuesto, pero hay algo que arte y ciencia tienen en común, y que en este momento se me antoja importante. Seguramente, aquello que distingue la genialidad en la obra de arte por encima de todo es su resistencia al tiempo. La obra de arte verdaderamente genial está fuera del tiempo, está sujeta a una interpretación siempre inacabada, pues se aproxima a la verdad de manera asintótica. Acariciándola con millares de receptores, la mirada, el oído, el tacto sensible nunca la aprehende con plenitud. Entre las cosas que hacen de La Gioconda una obra maestra está la manifestación de cierta ambivalencia cuya causa permanecerá por siempre inexplicada; ya sea un autorretrato de Leonardo o el delicado reflejo de contradictorio atractivo que una mujer en cinta despierta en el hombre, sea lo que sea, el autor retrató la misma verdad como desvelamiento. Lo que hace genial la obra de Velázquez no es su pulcritud en la reproducción de la imagen, sino la suciedad que se oculta detrás de la misma, la profundidad psicológica de los rostros dibujados, desvelando nuevas facetas de la naturaleza humana. Análogamente, la obra cumbre de Cervantes anticipa el inconsciente freudiano, los tesoros ocultos en la sinrazón, la pragmática esterilidad del que diagnostica la locura, la fuerza transformadora del que, subido a hombros de enanos, atisba la utopía. Como el arte genial, la ciencia nunca alcanza la verdad plenamente. El intuitivo orden newtoniano se integró en el relativismo de Einstein como Picasso relativizó la perspectiva del sentido común, y ambos, Einstein y Picasso, nos entregaron algo nuevo acerca del mundo.

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