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Metáforas

marzo 3, 2010

La metáfora desempeña para la ciencia una importante función comunicativa y explicativa, y en este sentido contribuye a abrir nuevos caminos susceptibles de ser investigados. Pero si la metáfora no es reconocida como tal, las sendas abiertas pueden tornarse callejones sin salida. Por ejemplo, la comprensión de la selección natural como la supervivencia de los más aptos, o como una fuerza evolutiva, constituyen metáforas que obstaculizaron, respectivamente, la reflexión sobre el papel no esencial de la competencia en el proceso evolutivo, y la consideración de la deriva genética y la selección natural como diferentes consecuencias de un mismo proceso estadístico. Las metáforas también impregnan de manera indeleble nuestra vida cotidiana, y al igual que ocurre en la ciencia condicionan nuestra acción. Somos prisioneros de las metáforas en cuanto no son identificadas. Por ejemplo, la guerra es una metáfora de la discusión. Así, decimos que un determinado argumento fue “destruido” en un “combate” dialéctico, que nuestro “adversario” está “atrincherado” en posiciones “indefendibles”, que lo importante en el debate es “atacar los puntos débiles del rival” o seguir una determinada “estrategia” argumentativa. Decimos que sus críticas “dieron justo en el blanco” o fueron dirigidas a la misma “línea de flotación” del razonamiento, y así “venció”, se “impuso”. Después de un debate entre nuestros políticos casi siempre se establece si alguien “ganó”. En contraste, George Lakoff y Mark Johnson nos invitan a imaginar “una cultura en la que una discusión fuera visualizada como una danza, los participantes como bailarines, y en el cual el fin fuera ejecutarla de una manera equilibrada y estéticamente agradable. En esta cultura la gente consideraría las discusiones de una manera diferente, las experimentaría de una manera distinta, las llevaría a cabo de otro modo y hablaría acerca de ellas de otra manera”. En baile semejante las palabras de Montaigne cobran especial importancia: “Celebro y acaricio la verdad, sea cual fuere la mano en la cual la encuentro, y me entrego a ella con alegría, y le tiendo mis armas vencidas en cuanto la veo acercarse […] Sin embargo, es difícil incitar a los hombres de estos tiempos a hacerlo. No tienen el valor de corregir porque no tienen el valor de soportar ser corregidos.” Y es que sin confianza siempre terminaremos bailando con la más fea.

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