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Un Sartre excedido

marzo 11, 2010

En cierto sentido puede afirmarse que, tomándose a Darwin en serio, por utilizar la expresión de Ruse, el existencialismo de Sartre se edifica sobre un error: que la existencia precede a la esencia. Sin embargo, esto no quiere decir que la esencia del ser humano resida en su genoma, presente ya en el cigoto, tal y como muchos biólogos y algunos filósofos reconocerían. Por ejemplo, destacaría a Jesús Mosterín entre estos últimos, reputado filósofo que, curiosamente, explica la naturaleza humana como si fuera un biólogo, por lo que su explicación resulta para mí filosóficamente decepcionante. No obstante, que la información para construir un organismo resida esencialmente en el genoma es algo mucho más controvertido de lo que tanta gente piensa; que el conato de Spinoza haya que encontrarlo en una molécula tan poco reactiva como el ADN, no deja de ser paradójico, mas eso es tema para otra ocasión. Lo que quiero decir aquí es que, en relación con la naturaleza humana, Sartre dio vueltas alrededor de algo importante sin llegar a dar en el blanco. Para el filósofo francés “no hay naturaleza humana porque no hay Dios para concebirla” y, parafraseando a Dostoievski, afirma que al no haber Dios todo está permitido para el hombre; por consiguiente, es libre. El hombre está condenado a inventar al hombre, y en cada una de nuestras elecciones elegimos de hecho al mismo, en otras palabras, somos lo que elegimos. Lo cierto es que el ser humano es fruto de una evolución biológica y cultural irrepetible, mas no transcendente, lo que lo lleva a vivir el sueño de la libertad que lo hace responsable, es cierto; pero al ignorar el enfoque naturalista Sartre radicaliza sin justificación su visión del potencial humano. No hay duda de que el hombre, en virtud de su origen material, está en conflicto con una suerte de imperativo biológico. Sin embargo, a diferencia del resto de las especies, se independiza de él considerablemente gracias a su extraordinaria evolución cultural.  Esto no constituye tanto represión como “verdadera” liberación. Aunque el espíritu emerge en último término de la materia, la esencia del hombre se disuelve progresivamente en su cultura, y disolviendo su esencia la transforma, y quizás progrese. Lo que es esencial en el hombre es precisamente la desintegración de su esencia, es apertura; es el espíritu, un esfuerzo único de liberarse de sus instintos, esto es la creación de Dios en su interior, como habría dicho Unamuno. Aquella libertad radical a la que Sartre se refiere se convierte más bien en un horizonte. También para Ortega el hombre no tiene naturaleza, sino historia, pero la naturaleza humana es en realidad un producto de la historia. El hombre es pues una creación espiritual en un linaje evolutivo, como la vida se erigiera antes del barro.

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